Los rifles de asalto AK 47 ya no sólo se ven en el cine, también en la vida real

 Noé Valenzuela/Areópago. -

¿Qué daño pudo hacer el niño Héctor Darío para merecer una muerte tan cruel?

Recorrer las calles de la ciudad de Tapachula o caminar por las mañanas y en la noche en Suchiate es en verdad escalofriante. Se siente la tensión y se respira el olor a sangre, cuyo aroma se mezcla al ajetreo cotidiano que realizan polleros, tratantes de blanca, traficantes de alcohol y narcotraficantes, en muchas ocasiones ante las narices de la policía.

Como cualquier otra ciudad fronteriza, Suchiate y Tapachula tienen un toque sui generis producto, justamente, de ese fárrago entre el surrealismo y la realidad, entre lo prohibido y lo excitante, entre el placer y la maldad.

Sólo que Suchiate y Tapachula colindan con Guatemala, un país lleno de pobreza y hasta hace poco envuelto en una guerrilla que lo consumió durante más de 36 años hasta sumirlo en la ruina.

A Suchiate solo la divide el río de Tecun Uman, el primer pueblecito de Guatemala, un pueblecito polvoriento con casas derruidas y en cuyas paredes todavía pueden leerse arengas guerrilleras. También es una aldea contaminada de prostitución, en donde se usa como medio de transporte el triciclo para los turistas.

En Tecun Uman un guía de turista lleva a cualquiera a una casa de mala reputación, pero escasamente sabe en dónde está una farmacia o una casa de cambio.

Todos los días son miles de ilegales que usan esta puerta de entrada a México. Arriba, justo en el puente, hay puestos de control migratorio que suenan a broma porque los agentes observan placenteramente cómo por las aguas del río surcan barcazas construidas con cámaras de llanta y madera en las que no sólo se da el contrabando hormiga, sino en las que cruzan centenas de centroamericanos que inician por aquí la ruta del sueño americano.

La inseguridad en Suchiate no tiene límites. También aquí la vida no vale nada, no sólo en Guanajuato, parafraseando la canción de José Alfredo.

En el lobby de un hotel puede darse un trueque criminal a cualquier hora de la mañana y ante la vista de propios y extraños. En una tienda de abarrotes puede ocurrir una ejecución, lo mismo que en una casa de cambio o incluso una persona que va caminando tranquilamente de pronto es acribillada por ráfagas de balas que disparan sujetos desde una camioneta en movimiento.

Los rifles de asalto AK-47, conocidos como cuernos de chivo, ya no únicamente pueden verse en el cine, en las películas de acción: en Suchiate es el arma que prefiere el crimen organizado para cometer sus ejecuciones y dejar su huella característica de salvajismo y crueldad: el tiro de gracia.

La atmósfera en Suchiate y en toda la frontera sur parece haber tocado fondo. Si la muerte de una persona lastima aun cuando uno no la haya conocido, tan sencillo porque los seres humanos no podemos sustraernos de los sentimientos a menos que la esquizofrenia de Calígula guíe nuestros actos, el asesinato de un niño es en verdad doloroso.

HÉCTOR DARÍO

Héctor Darío era un niño de 12 años que cursaba el sexto año de primaria en la comunidad Cuauhtémoc, de Suchiate. Ya no irá más a la escuela porque un domingo cuando regresaba a su casa fue atacado por hombres desconocidos que le arrebataron la vida a machetazos. Había ido a cobrar 300 pesos por encargo de su abuelita y eso puede ser el móvil: el asalto.

El cuerpecito de Héctor Darío lo encontraron en una ranchería. Destrozado, con tajos en su cara y en el cuello. En las dos manos. ¿Qué mal pudo hacer ese indefenso chiquillo para merecer una muerte tan cruel?

La delincuencia y el crimen organizado no sólo han desnudado la incapacidad de los cuerpos policíacos municipales para cumplir con su deber que es proteger la vida y el patrimonio de la gente, sino asimismo los grados de contaminación que alcanza nuestra sociedad.

Chiapas no únicamente es rehén de esas falanges terroríficas llamadas Maras Salvatruchas: también de guerrillas urbanas que asesinan a niños, a hombres, violan mujeres y atracan negocios; son tropas delincuenciales que, solapados por gobiernos conservadores del pasado, convirtieron a la frontera sur en un corredor de la droga y del comercio de indocumentados, evidenciando que la ley es la que ellos imponen y no la que marca la Constitución para vivir en un estado de derecho y de paz.