HABITACIÓN 201 / RUTILIO ESCANDÓN SERÁ EL MEJOR

Húbert Ochoa (Twitter: @huberochoa)

 

Una semana antes de ser asesinado brutalmente, Ricardo escribió en su cuenta de Facebook: Estoy muy deprimido. Siento que pronto voy a morir.

Estudiante de preparatoria, Ricardo Sesma Hernández, de 18 años, tenía un gusto especial por la escuela y por la vida. Le deleitaba comer hot dog. Era dicharachero y, como todo joven de su edad, aficionado a la música.

En ocasiones contoneaba su delgado cuerpo en algún antro de Tapachula con las más sugestivas canciones de Madona. De la reina del pop le encantaba la isla bonita. Y la bailaba con los brazos en alto y los ojos cerrados.  Raras veces tomaba cerveza.

Su homosexualidad pocos la sabían. No era de clóset, pero sí trataba de ajustar su comportamiento en el respeto hacia los demás.

Lo que a Ricardo no le dio tiempo de averiguar es que la homofobia (aversión o pánico contra los homosexuales, según el diccionario) se trata de un arma con un frágil seguro puesto que en cualquier momento es disparada con trágicas consecuencias.

No era normal el súbito cambio experimentado por Ricardo. En el salón de clases estaba cabizbajo, ensimismado.  Sonreía poco. La tristeza suplantó a las bromas.

Por eso aquel comentario en su cuenta de Facebook dejó pasmados a sus compañeros de salón y de zumbas que, ya en su velorio, se resistían a creer que era Ricardo el que estaba dentro de esa caja mortuoria adornada de terciopelo blanco y un Cristo de madera en la tapa superior.

El 5 de mayo de 2013 alrededor de las diez de la noche Ricardo caminaba por la estación del ferrocarril a la altura del mercado El Soconusco de Tapachula. Iba a su casa. La tarde y mañana de ese día la angustia le brotaba por los poros. Había llorado. No supieron porqué.

RELOJ MORTAL

El reloj de la muerte iba de prisa para Ricardo. El final de su existencia estaba marcado. Alejandro N, alias El Chino, de 20 años, y Cristian Jhovany N, de 18, observaron a lo lejos que Ricardo pasaría delante de ellos.

Algo notaron en Ricardo que les llamó la atención, probablemente su caminar sui generis, que no provocativo ni grotesco pues el muchacho tenía un toque petimetre. Llevaba un jean ajustado y una playera mangas largas que exhibía un torso escultural, apetecible.

“A ese me lo voy a chingar”, le dijo El Chino a Jhovany. Cuando tuvieron a Ricardo frente a ellos El Chino se paró. Lo sedujo. En su confesión policial Jhovany narra que Ricardo no quería ir con ellos, pero aceptó embelesado por la persuasión.

No era el instinto indomable que produce el deseo carnal ardiente, sino que la meta crucial para Ricardo se había sellado.

Cerca de las once de la noche los tres entraron al hotel El Canario, ubicado en la once avenida sur, entre 24 y 22 calle oriente. Es un hotel de poca monta, maloliente, con cucarachas.

Ricardo pagó el costo de la habitación. Les asignaron la número 201. Tan pronto ingresaron a ella empezaron las caricias. Los besos. Le pidieron que él se quitara primero la ropa. Lo hizo. El Chino lo lanzó sobre la cama y se subió sobre él. Le dio los primeros golpes, pero Ricardo no gritaba. Jhovany observaba el cuadro.

Minutos después El Chino ya estaba enloquecido, como poseído por Belcebú. Siguió atacando con bestialidad al indefenso chico quien casi inconsciente por la somanta fue violado por los dos. Después de abusarlo, con las agujetas de sus tenis lo ataron de pies y manos para finalmente estrangularlo con su propio cinturón.

El Chino amenazó a Jhovany: Si dices algo de esto te mato. Durmieron algunas horas en la terrorífica habitación 201, al lado del cadáver de Ricardo. Se cree que salieron al día siguiente entre las seis y la 7 de la mañana.

JACK EL DESTRIPADOR

La policía local duplicó sus esfuerzos acorralada por la conmoción que causó el macabro caso.

La presión de la familia y de los amigos de Ricardo también fue detonante. Temían que el expediente se archivara en los cajones de la impunidad, como muchos otros.

Es Tapachula un fárrago de vicio, prostitución e inseguridad hasta hoy día. Tiene un penetrante olor a pecado porque, según informes periodísticos, la prostitución infantil alcanza grados escandalosos, sólo comparada a Hong Kong. Como en Sodoma y Gomorra, dicen que sólo falta que caiga sobre ella una lluvia de fuego y azufre.

Siempre que trasciende el asesinato de un homosexual se desbordan sentimientos de rechazo. “Él se lo buscó”, es la expresión más común en una sociedad dominada por viejos patrones de intolerancia que contrastan con la globalización y el avance tecnológico en el mundo. En la era del Twitter. La prensa amarillista dijo que se trató de un crimen pasional.

Para variar, el esclarecimiento del homicidio de Ricardo fue circunstancial.  La madrugada del 9 de mayo, a cuatro días del abominable hecho, sobre la 13 avenida sur y 26 calle poniente, un sujeto salió corriendo y quiso perderse en la oscuridad al notar la presencia de una patrulla que realizaba una jornada de rutina. Era Jhovany.

Los gendarmes lo siguieron. Lo alcanzaron a las pocas cuadras. Lo revisaron. Jhovany llevaba entre sus ropas un arma blanca. Le preguntaron porqué corrió de la policía y porqué traía un cuchillo. Dijo que por temor.

¿A quién le temes?, le preguntó un avezado policía. Al Chino, contestó. ¿Quién es El Chino? quiso saber el policía. De ahí brotó el thriller.

Ya en la mañana los policías condujeron a Jhovany a la 28 calle oriente esquina con 7 avenida sur. Ahí estaba El Chino, su esquina en la que trabajaba como limpiavidrios. Inicialmente El Chino se hizo el desentendido. “No sé de qué me hablan”, contestó a los tenaces policías que le interrogaban al estilo Mancuso FBI.

Jhovany lo remató: “Sí Chino, confiesa. Tú lo mataste. Ya nos llevó la chingada”. Los trasladaron al Ministerio Público.

Con frialdad diabólica, propia de Jack El Destripador, El Chino admitió haber matado a Ricardo. Coloreó los detalles. Y dijo por qué: Odio a los homosexuales. Quisiera matarlos a todos, pero ya no me dará tiempo.

- ¿Estás arrepentido de lo que hiciste? Lo inquirió el Ministerio Público.

- ¿Arrepentido? No, no estoy arrepentido. Me siento contento. Me siento bien, estoy muy contento, dijo dibujando una sonrisa espeluznante.

Ricardo tendría 23 años.

NORTES

NO me lo dijo Mhoni Vidente ni Madame Sassú. El gobierno del doctor Rutilio Escandón Cadena pinta para ser el mejor de la historia, no sólo porque viene embebido de democracia como nunca antes, sino también por las muestras de inclusión, civilidad y tolerancia. Algo fundamental que los chiapanecos exigimos a gritos sin ser escuchados era el combate a la impunidad. Hoy a la impunidad paulatinamente se le están recetando los santos óleos. Debo decirle que las universidades de Chiapas, en concreto la UNICACH y su experimentado rector Rodolfo Calvo Fonseca, participaron en la integración del plan de gobierno Chiapas 2018-2024. Toda la sociedad civil. Genial eso…ES TODO.