México. 24 de marzo. La Guerra de Chiapas.

Isabel Arvide / @isabelarvide

Para mí el tiempo electoral va de las lágrimas de aquel domingo 28 de noviembre de 1993 a los días, y las noches, en Chiapas.  Entre cadáveres quemados, uniformes militares, conferencias de prensa, así como el inmenso protagonismo de Manuel Camacho Solís, los primeros meses de 1994.

Fernando Ortiz Arana me dijo, en diciembre, de ir a la campaña de Luis Donaldo.  Yo, que era tan absurdamente totalitaria, le respondí que me parecía incorrecto porque yo había estado, él lo sabía, al lado de Manuel Camacho Solís.

O, si se prefiere, brutalmente al lado de Marcelo Ebrard.

Para mí el destape de Luis Donaldo, anunciado silenciosamente en un evento financiero en Acapulco donde todos los miembros del Gabinete se regresaron con urgencia, fue un gran luto que comenzó cuando llamé a Marcelo ese sábado y le dije que si ellos no sabían que eran “los elegidos” ya estaban fuera del juego.

Después vino el primer día de enero de 1994, con la aventura de los cuarteles, las batallas de fuego real.  Que terminaría cuando Marcos, autonombrado “subcomandante”, llegó a la Catedral de San Cristóbal. Ahí puse punto final a esa parte de mi historia chiapaneca.

Al despedirme, mi general Miguel Ángel Godínez, rodeado uniformes con águilas y estrellas, me pidió que hablara con Luis Donaldo. Que le contase lo que sucedía. Su enojo enorme. Su frustración. Y una petición de “respeto” que condicionaba el cobijo militar. Con ese mensaje en mis manos, en mi preocupación, lo busqué. Y hablamos. Me invitó al evento de la Revolución días después, a escuchar ese discurso que cimbró a todos, que parecía inexplicable en ese momento, una declaración de independencia. Me preguntó por una querida amiga mía. Nos reconciliamos. Quedó en venir a verme a la casa… me dejó una tarjeta, con tinta color sepia, amorosa, en disculpa.

Me invitó a esa gira. Al viaje de la muerte. Y yo le dije que iría a la siguiente. Que el 22 de marzo de 1994 presentaba, en Casa Lamm, mi libro. Primera versión, apurada, sobre la Guerra de Chiapas. Me envió un ramo enorme de alcatraces… 22 de marzo, seguramente fueron las últimas flores que llegaron con su tarjeta, que ordenó que fuesen enviadas.

En esa presentación, de manera muy profética, Rafael Loret de Mola habló sobre la posibilidad de que el candidato presidencial sufriese un atentado.

La tarde del 23, al día siguiente, estaba sola en mi casa, todavía en pijama, cuando prendí la televisión… no era hora del noticiario de Jacobo, sin embargo estaba ahí, hablaba y hablaba… todo se movía en la pantalla… había habido un atentado en Tijuana, el candidato estaba en el hospital.  Sin pensarlo un instante me vestí a trompicones, tomé mi bolsa del día anterior, para irme –literalmente- corriendo al aeropuerto. De mi casa eran 14 minutos, sin el tráfico que padecemos. En qué inmensa deformación profesional vivía, me veo a la distancia. Era una loca.

Le dije al que entonces era mi chofer que se bajara conmigo, auto mal estacionado, y corrí a un mostrador.

Hay que imaginar otra dimensión, más pequeña, más cercana, del aeropuerto y de las líneas aéreas. Otro universo de la comunicación vía aérea. Todavía no se sabía qué pasaba, pero todo México estaba pendiente del desenlace.  Le dije a la señorita de ¿Mexicana de Aviación? ¿Aeroméxico?  que me era más que urgente llegar a Tijuana esa misma noche… que iba por lo de Colosio… De inmediato encontró que el único vuelo, con conexión en Guadalajara, estaba a punto de cerrar… Insistió en que no me daba tiempo.  Le suplique que me diese el pase de abordar y que la persona que iba conmigo pagaría y haría todos los trámites. Lo aceptó, contra todas las reglas. No había que pasar seguridad.

Esto no podría suceder hoy.  Ni siquiera ante un atentado como el de Colosio, en ninguna emergencia.  La burocracia, el temor, la inseguridad, la pésima relación entre seres humanos, lo impedirían.

Corrí, supongo que no llevaba tacones, corrí y corrí por los pasillos más pequeños del aeropuerto para subirme, la última, al avión. Con el Jesús en la boca. Con la urgencia de la noticia antes de los celulares, antes de Internet. Cuando bajamos en Guadalajara, Zabludovsky estaba dando la noticia de la muerte por las pantallas encendidas en el aeropuerto… Me recuerdo paralizada. La historia parecía detenerse brutalmente. La sensación era de un profundo desasosiego, y miedo. Un temor distinto.  Oscuro. Sin origen. Decidí seguir mi viaje a Tijuana…

Lo publiqué en mi libro “Asunto de Familia”.  Colosio entró en mi universo por una cena en mi casa, festejo privado de cumpleaños la víspera, en noviembre de 1992, que organizó Enrique Jackson para convencerme de sus “virtudes”.  Nuestros encuentros anteriores habían sido fortuitos.  Yo, no olvidar, estaba embelesada con Manuel Camacho Solís, le había organizado una exhibición de fotografías de Xochimilco en Nueva York, en el World Finantial Center, con todo y trajinera… Habíamos estado con Marco Antonio Muñiz en la presentación de un libro biográfico que le publiqué…no había misterios en nuestra “afinidad” política.

Manuel Camacho Solís en ese 1992, 1993, era un político completo que se caracterizaba por su capacidad negociadora.  Un hombre respetado, sin señalamiento alguno de corrupción, tremendamente accesible. Inteligente de verdad.

Organicé la cena y, de última hora, le dije a mi querido Enrique que mejor invitábamos a Manuel Camacho, que no quería que hubiese “malentendidos” con él. Aceptó porque, coincidimos, Manuel no iba a ir, nunca iba a este tipo de cenas. Llegó.  Todo lo demás consta en mi libro, desde el menú, hasta mi comportamiento insolente, pasando por el vino Vega Sicilia.

Meses después Francisco Labastida Ochoa lo llevó a comer a mi casa.  Los tres.  El día en que mataron al cardenal en Guadalajara, recuerdo que los dos estaban muy impactados por este asesinato.  Ahí se estableció una mayor, más simple, cercanía.

Coincidíamos en nuestro gusto, totalmente inculto y vivencial, por la Opera. En esos días se hizo “novio” de una querida amiga que conoció en mi casa… El tipo de romance, efímero, que le era común. El día de su velorio apareció un hijo adolescente, había tenido otro hijo casi en la misma fecha que nació su hija Mariana, con una de sus “novias”. Estuvo casado dos o tres veces antes de hacerlo con Diana Laura… Era un hombre de mujeres, de muchas mujeres.

Escribir esta realidad, años después, en mi libro “Asunto de Familia” me llevó a Hermosillo, Sonora, a presentarlo.  El escándalo fue inmenso.  Me gritaron de todo, llevaron un excusado al lugar de mi presentación, se enojaron porque hablaba de las mujeres de Donaldo, de la frialdad con la que Diana Laura vivió el velorio en Gayosso. Manlio Fabio Beltrones era gobernador.  Al terminar me llevó a comer mariscos.

¿Fueron dos balazos?  ¿Hubo dos asesinos, dos pistolas, dos personas actuaron en su contra? Lo que vimos, lo que vivimos esos días, y los anteriores, desde el primer evento en la sede del PRI nacional, fue un inmenso desorden. Un caos repetido.  Una vulnerabilidad inexplicable del candidato presidencial.  En los hechos, objetivamente, lo hubiesen podido matar en cualquier parte.

Fue en Lomas Taurinas, en Tijuana, en un sitio inaccesible que el general Domiro García imputó con fuerza.  Era el peor lugar, no tenía salidas, era un cerro donde no pusieron, siquiera, un templete.

Se impuso José Murat Cassab, que después sería gobernador en Oaxaca.

Murat, un viejo político priista que todavía hoy representa los peores vicios del sistema político mexicano, llevó a Colosio a su muerte, lo condujo hasta su asesino.  O, no lo sabremos nunca, hasta sus asesinos.

La campaña priista era inexistente. En sus giras y en los medios de comunicación. Habían comenzado tarde, además. No se veía apoyo del Presidente.  Y después del discurso del Monumento a la Revolución, lo que se hablaba era que iban a sustituirlo.

Por razones obvias, nunca habíamos vivido una declaración de guerra, no estábamos preparados para la aparición de un “encapuchado” que mandaba misivas, toda la atención mediática estaba en Chiapas.  Nacional e internacional.

¿Quería Manuel Camacho Solís ser presidente de México?  Siempre quiso.  Siempre asumió, porque así lo engañó Carlos Salinas de Gortari, que iba a serlo.

En lo privado, después lo declararía públicamente, siempre dijo que quería ser Presidente… pero no a cualquier costo.

Los guionistas de la serie que Netflix estrenó el viernes 22 de marzo, veinticinco años después del asesinato, no entendieron la “O” por lo redondo de lo que sucedió esos meses, de noviembre a marzo, en nuestra realidad. Menos supieron reproducir los diálogos, la tensión entre los protagonistas, la importancia de la Guerra de Chiapas. No estudiaron las peligrosas, complejas relaciones entre los protagonistas de este tiempo convulso.

¿Qué papel jugó el Estado Mayor Presidencial, comisionado con Donaldo Colosio?  ¿Fue incapacidad de todos los integrantes de su escolta, de su “seguridad”?  He publicado en muchos espacios que la mala relación entre Luis Donaldo y el general Roberto Miranda, entonces subjefe del EMP, a quien le “tocaba”, como se acostumbraba entonces, ser responsable de la campaña presidencial y después el nuevo jefe del EMP, provocó que el sonorense pidiese que fuese sustituido por su “mal carácter”.  Desde la campaña de CSG habían tenido enfrentamientos.  Por eso Domiro García, que era experto en seguridad, en manejo de multitudes, aceptó que Luis Donaldo impusiera sus “reglas”, que no le permitiese organización o seguridad.  Y Domiro aceptó, seguramente, porque temía correr la misma suerte que Roberto Miranda, que resultó ser el único beneficiado del asesinato, a quien nunca se le investigó quién sabe por qué.

En cualquier trama policial, sea película o novela, lo primero que se investiga es quién o quiénes obtienen un beneficio monetario o de otro tipo con la muerte de la víctima, para saber así quién o quiénes pudieron matarlo o mandar matarlo.  Con lo sucedido en Lomas Taurinas, el país, el primer mandatario, el PRI, todos sufrieron una grave crisis, todos perdieron.  Todos menos el general Miranda.

Mi general Godínez recibió la orden de “cuidar”, de mantener rodeado de militares a Camacho Solís en San Cristóbal.  Para ellos fue interpretada como una “detención”, mientras se sabía qué había pasado.  Los medios de comunicación no se dieron cuenta, solamente Proceso publicó como el general Othón Calderón, “acompañado de policías militares y agentes judiciales”, escoltó desde la Catedral hasta su hotel, cuatro o cinco cuadras de distancia, al entonces Comisionado por la Paz.  Ahí montaron un gran operativo de vigilancia hasta la mañana siguiente en que llevaron a Camacho hasta el helicóptero en que volaría a Tuxtla, Gutiérrez, para viajar a la Ciudad de México en un avión oficial.

El día 16 de marzo, como se ha publicado mucho, Camacho Solís había cenado con Colosio en casa de Luis Martínez, presuntamente habían arreglado sus diferencias. El día 22, en una conferencia de prensa en un hotel de la Ciudad de México, Manuel Camacho había declarado que no buscaba ser candidato a la presidencia.  Lo que tuvo mucha mayor contundencia que la declaración del presidente Salinas, semanas antes, llamando a no “hacerse bolas”.

Aterricé en Tijuana, de madrugada, tres o cuatro de la mañana.  Entonces bajabas del avión en la pista… ahí estaban mis compañeros periodistas, formados, esperando subir al avión oficial en que regresarían a la Ciudad de México. Me acerqué, hablé con el encargado, todos eran mis cuates. Me subí al avión para regresar con ellos.  En Tijuana ya no estaba la noticia.

En medio del avión, un avión grande, estaba un espacio vacío. Habían quitado los asientos para que el ataúd del candidato viajase ahí. A última hora Diana Laura pidió que subiesen su cuerpo al pequeño jet privado en que ella viajaría.

Aterrizamos en distintos hangares. A Luis Donaldo lo esperaba el presidente Carlos Salinas, pese al deseo de Diana Laura en contrario. A ella le subieron ropa, de luto, al avión para que se cambiara. Fueron al PRI a una guardia de cuerpo presente.

Apenas llegar me fui, un baño relámpago en mi casa, en la mitad del camino, a Gayosso.  No entramos a la capilla fúnebre,  de hecho, lo recordará Alfonso Durazo, muy pocos entraron porque había que tener autorización de la viuda para hacerlo.  Pasé tiempo con Liébano Sáenz que lloraba inconsolable.  Después presencié el abucheo fortísimo a Camacho Solís, presuntamente orquestado por el entonces gobernador del Estado de México, escuché como le gritaban “asesino”, supe que no pudo ofrecer su pésame a la viuda… vi al presidente del CEN del PRI, el queretano, Fernando Ortiz Arana subirse a un automóvil para intentar calmar a la gente…

Fui testigo del epilogo de una historia que no merecía terminar así.

Antes de que anocheciese vi, vimos varios reporteros, pasar a Diana Laura en el asiento trasero de un automóvil, leyendo papeles, con los diarios a un costado… el candidato quedaba en la capilla ardiente con su familia, sus padres, sus hermanos, el hijo adolescente que había llegado con cara de profundo extrañamiento.

Lo que esperábamos era la información del lugar donde lo enterrarían o, en su defecto, lo incinerarían.  Que también era información a cubrir. Ya tarde nos dijeron que sería en Sonora, supimos que se había impuesto la petición de los padres para que fuese enterrado ahí.

A Sonora no fui.  Ya no tenía sentido para mí. Una etapa de la historia de México había terminado.

El 25 de marzo aparecía una crónica de Fidel Samaniego, donde decía que la viuda le había hecho varios comentarios sobre su nota del día anterior, 24 de marzo de 1994.  Entre la tarde, noche del día 23, a la mañana del 24 en que viajó a Sonora, tuvo tiempo, tuvo sobre todo cabeza para leer los diarios y fijarse en lo que un periodista escribió.  Además de preparar su discurso, consolar a sus hijos, lo que supongo que se hace cuando tu marido queda, en un ataúd, solo, en una funeraria…

Veinticinco años después, en Chetumal, con mi hijo, pude ver la excepcional cátedra de periodismo de Jacobo Zabludovsky ese 23 de marzo. La que me perdí volando a Tijuana. Una vez más comprobé que era un excepcional reportero, que logró tener un programa de calidad, histórico, que aguanta cualquier revisión, en vivo, por varias horas. Sin tener un enviado a esa gira, utilizando a corresponsales, a periodistas de Ovaciones, de otros medios escritos que entendían poco de los requerimientos informativos para televisión. Que supo mantener la tensión sin que fluyesen las noticias, en espera del resultado fatal del atentado.

Que ordenó, debería ser motivo de análisis en las escuelas de periodismo, a Talina Fernández, que no era reportera del noticiero, en su desesperación, que entrase al quirófano para confirmar la “nota”, exclusiva, adelanto al mismo Presidente, de la muerte del candidato.

Jacobo Zabludovsky ordenó, frente a las cámaras, escuchado por millones, que un reportero entrase al quirófano…

Volví a estremecerme. Volví a indignarme. Volví a comprobar que la realidad suele sorprendernos, suele rebasar cualquier previsión.